Hace unas semanas me hice cargo de un sitio web en el que corrían 74 plugins activos. La página cargaba en 8 segundos, el backend iba lento y el administrador había dejado de instalar actualizaciones — por miedo a que algo se rompiera.
No es un caso aislado. WordPress ha construido un ecosistema de plugins que facilita empezar — y precisamente por eso muchos sitios se convierten con los años en una manta de retales de dependencias de las que ya nadie sabe para qué están.
Mi enfoque: antes de cada instalación, tres preguntas. Primera, ¿la función es realmente necesaria o sólo un capricho? Segunda, ¿el plugin se mantiene de forma activa? Tercera, ¿existe una vía limpia sin plugin?
El resultado en el sitio mencionado arriba después de 6 semanas: 22 plugins, tiempo de carga por debajo de 1,5 segundos, actualizaciones automáticas.
